Un aniversario aciago: dos siglos de historia como plaga de la polilla del racimo de la vid, Lobesia botrana Den. y Schiff.

 

Métodos de control

Introducción

Control Cultural

Control Químico

Control Biológico

Control Autocida

Control Biotécnico

Control Integrado

 

 

Introducción

            Los métodos de lucha aplicados contra los insectos dañinos no se han perfeccionado hasta una época reciente, casi contemporánea. Para luchar contra las polillas del racimo, y otras plagas en general, todavía se empleaban, hace poco más de un siglo, recetas que participaban a la vez de la magia, la hechicería y la imprecación divina, brillantemente descritas por BALACHOWSKY (1951): (...) fórmulas secretas, conservadas celosamente de familia en familia y legadas como un talismán, a los próximos y a los descendientes, formaban la base de una farmacopea oscura, donde se encontraban casi siempre mezclados el azufre, el mercurio (azogue), el vinagre, el betún, la cal, la pez, aceites y grasas diversas, la nogalina, el tabaco y las hierbas más variadas. Estos ungüentos, pomadas, infusiones decocciones, elixires se repartían sobre las plantas enfermas o sobre los insectos a destruir, y numerosos charlatanes no faltaban en exhibir su talento entre nuestros crédulos lugareños (...). En 1813, Decoueric aconseja la utilización de fuegos crepusculares contra la Piral de la vid (...) escucharán un revoloteo en el aire y el ruidito que provocan las mariposas al quemarse, junto al que sus cuerpos expirantes o sin vida producen en su caída (...). En 1818, M. Deschamps, habiendo observado que las cepas situadas en las inmediaciones de las grandes rutas eran raramente atacadas por las orugas, aconseja repartir por las viñas en la buena temporada el polvo de los caminos (...). En 1860 para luchar contra la Cochylis (Clysia ambiguella Hb.), Marchisio de Turín impregna las yemas de viña, bien con una decocción de hojas de saúco adicionada a una mezcla de hollín y de áloe (Nombre vulgar de las plantas del género Aloe (Liliaceae) o de la sustancia resinosa amarga obtenida de las mismas, también llamada acíbar, de uso en medicina), bien con una decocción de hojas de tabaco mezclada con miel (...).

            Hasta el inicio del siglo XIX, en el espíritu de nuestros paisanos, las invasiones de insectos, sobre todo cuando se manifestaban con una brutalidad insólita (como es generalmente la regla), tenían una causa sobrenatural y se debían, bien a un sortilegio echado por hechiceras, envidiosos, incrédulos, bien a una punición infringida por la cólera celestial (...). A lo largo de la Edad Media, y en los siglos que seguirán al Renacimiento, se encuentra en los archivos episcopales de los diferentes países de Europa Occidental (Francia, Alemania, Suiza, Países Bajos, Inglaterra, Dinamarca, Suecia, Irlanda, España, Italia) la traza de numerosos "procesos" dirigidos por la Iglesia contra los insectos dañinos considerados como los enviados de Satán sobre la tierra, y cuyos perjuicios no podían ser evitados sino por las plegarias públicas, las penitencias, las procesiones, las abluciones, el agua bendita, y en fin, por un procedimiento de excomunión cuando las cosas tomaban un real carácter de gravedad (...). En 1562 los viñateros de Argenteuil, hacen, por orden del obispo de París, plegarias públicas con exorcismos sin salir de la iglesia para cazar los "besianos seu diablotinos, luysetos becardos!" (Voces coloquiales gálicas (patois) de la época, aludiendo al carácter maligno, perverso y demoníaco de las polillas del racimo). En 1612, el mismo procedimiento es empleado para luchar contra la Piral (Sparganothis pilleriana Hb.) por los viticultores de Colombes donde Monseñor De Gondy ordena en el mes de mayo una procesión alrededor de la iglesia y en los viñedos de los alrededores. En 1746, la Piral arrasa los viñedos de Aï y Romanèche, y es de nuevo a la clemencia divina a la que la población implora para parar los daños. En Troyes y en los viñedos de Champagne, numerosos "procesos" son hechos en el transcurso de los siglos XVI y XVII a la Cochylis (...).

             Recordar ahora, por memoria, los procedimientos tradicionales empleados antaño por los viticultores para reducir las poblaciones de las polillas del racimo, y recogidos en la literatura agronómica de la época (MONTILLOT, 1891; MARCHAL, 1912; GONZÁLEZ DE ANDRÉS, 1935; GARCÍA LÓPEZ, 1929). Algunos empíricos, otros ingeniosos, pero en definitiva tediosos e inaplicables en la actualidad, presentan, sin embargo, un interés histórico ineludible: 

- La destrucción mecánica, por aplastamiento de las orugas con pinzas (o con los dedos) sitas en las inflorescencias en primera generación y cortando las bayas atacadas mediante tijeras en segunda y tercera generaciones. 

- Las trampas de luz, de petróleo, acetileno, alcohol, benzol o electricidad, con el fin de controlar las poblaciones por trampeo masivo de adultos, que se capturaban en un plato con agua petroleada o en cartones pegajosos (Fig. 7).


Calderas y «cafeteras» para el escaldado

 

Trampa de luz de acetileno

Embudo-recogedor y diversos descortezadores

 

Trampa de luz de vela

 

Fig. 7. Dispositivos empleados antaño para el control de L. botrana, en el escaldado, descortezado y trampeo luminoso. (Según MONTILLOT, 1891; GUÉNAUX, 1919 y GARCÍA LÓPEZ, 1929).

 

- El empleo con el mismo fin de captura masiva de trampas o cebos alimenticios a base de melazas u otros productos azucarados en fermentación. Los aromas desprendidos ejercen una fuerte atracción sobre los adultos de L. botrana (así como sobre E. ambiguella), que caen sobre los recipientes que contienen el cebo atrayente y mueren ahogados.

- El descortezado de las cepas durante el invierno con rascadores y guantes metálicos para eliminar las crisálidas invernantes, recogiendo las cortezas en un embudo metálico o sobre una lona extendida en el suelo, para ser quemadas posteriormente (Fig. 7).

- El flameado y escaldado (con agua hirviendo o vapor a presión) en invierno de las cepas, para eliminar las crisálidas invernantes (Fig. 7).

- La fumigación o sulfurización (clochage), recubriendo en invierno, después de la poda, cada cepa con una campana metálica y quemando azufre en su interior; los vapores desprendidos de la combustión (SO2, fundamentalmente) son tóxicos. El método, sin embargo, se empleaba fundamentalmente para el control de la piral (S. pilleriana), que inverna en estado de oruga, mucho más sensible a los vapores.

- El aporcado o más propiamente acollado de la cepas, sin conocerse bien el motivo.

- El embadurnado con lechada de cal o con sulfato de cobre de cepas y rodrigones, para suprimir las crisálidas invernantes.

- El deshojado por encima de los racimos, con la creencia de que esta práctica ahuyentaba a la plaga. 

- La instalación de abrigos o nidos artificiales para la invernación de las crisálidas, constituidos por haces de paja, hierba, sarmientos, hojas de palmito o fundas de paja para botellas, suspendidas con cuerdas sobre las líneas de cepas (GARCÍA LÓPEZ, 1929) o trozos de tela enrollados en las ramas a la altura de la cruz con la misma finalidad (MONTILLOT, 1891). Los abrigos artificiales, con las crisálidas ubicadas en su interior, se recogían y quemaban tras el invierno.

            Seguidamente se resumen los principales métodos actuales de control, disponibles o en desarrollo, aplicables a L. botrana.

 

Control Cultural

    Las prácticas culturales en el viñedo pueden afectar indirectamente a las poblaciones de L. botrana, bien incidiendo en sus estados de desarrollo, bien modificando su comportamiento. Su efecto es conocido desde años atrás. MARCHAL (1912), observaba que los espolvoreos de los racimos disminuían apreciablemente las puestas sobre los mismos, si bien esto sólo ocurría cuando las hembras se encontraban ante una situación de elección con racimos no espolvoreados. El polvo (azufre, cal) inhibía el reflejo de puesta (ie. al igual que lo observado con el polvo de los caminos), al modificar la superficie lisa de las bayas, pero de no estar disponible un substrato alternativo, la deposición se producía igualmente. VOUKASSOVITCH (1924) ya recopilaba las prácticas culturales que interaccionan con el desarrollo de L. botrana, por su acción directa, o modificadora del microclima: 

1) La poda y la conducción de la vid, aconsejando las que facilitan la aireación de los órganos fructíferos.

2) El deshojado, aún practicado en la actualidad en determinadas zonas. Respecto a esta práctica, GONZÁLEZ DE ANDRÉS (1935) sugería que la letalidad de la defoliación sobre la polilla era atribuible a la exposición directa a los rayos solares de los huevos, que acaban desecándose. Además, se hacían más efectivas las pulverizaciones de los racimos (GARCÍA LÓPEZ, 1929; VOUKASSOVITCH, 1924). Consideraciones análogas son extensivas al desnietado. 

3) El pinzado y la poda en verde, desfavorables al promover brotaciones vigorosas que encerraban los racimos.

4) El riego, desfavorable bajo ciertas condiciones, al ser atraídos los adultos por la humedad. 

5) El amugronado (Ensarmentado o acodado de la vid) y el acollado (Cubrir con tierra el cuello y parte inferior del tronco de las plantas leñosas, en particular de las cepas de vid), aconsejándolas como muy favorables. En este sentido, FEYTAUD (1924) en base a observaciones propias y de otros autores, señala que dichas prácticas culturales favorecen el desarrollo de micosis sobre las crisálidas invernantes en las cepas. 

6) La diferente susceptibilidad de las variedades en función de la compacidad de sus racimos, indicando asimismo que los híbridos productores directos eran en general poco atacados. 

7) La época de vendimia, al eliminar con la recolección las orugas de tercera generación que no habían abandonado los racimos para crisalidar. En este sentido, GONZÁLEZ DE ANDRÉS (1935) sugería además el adelanto de la vendimia, para reducir la incidencia de la plaga. Éste no es un procedimiento descartable, especialmente si el riesgo de podredumbre es elevado, por la meteorología del año. Sin embargo, si lo que se pretende es una producción encaminada a conseguir un vino de calidad, al menos teóricamente no debería supeditarse la fecha de vendimia a la incidencia de los parásitos y, en cualquier caso, debe buscarse una solución de compromiso.

            La destrucción de malas hierbas y malezas circundantes al viñedo, por quemado o alzado, especialmente si estas constituyen hospedadores alternativos (GARCÍA LÓPEZ, 1929), parece una práctica evidente a seguir, pero probablemente de dudosa efectividad.

            En conclusión, las prácticas reseñadas pueden tener, en grado variable, una incidencia a valorar sobre las poblaciones de L. botrana, pero en ningún caso han supuesto un medio de control efectivo.

 

Control Químico

    Desde finales del siglo XIX e inicios del XX, el descubrimiento y empleo del pelitre (Nombre vulgar de las plantas Anacyclus (= Anthemis) pyretrum (L.) Link y Chrysanthemum (= Pyrethrum) cinerariaefolium (Trev.) Vis. (Compositae), cuyas flores desecadas y trituradas constituían la base de la piretrina insecticida del mismo nombre), supuso un primer freno a las pérdidas catastróficas registradas antaño. Poco más tarde, la aparición del arseniato de plomo (y en menor medida otras sales del ácido arsénico) y de la nicotina, consolidó una incipiente base de protección contra las polillas del racimo, a la que pocos años más tarde se incorporaría también la rotenona (Principio activo con propiedades insecticidas, obtenido de las raices de las plantas del género Derris (Papilionaceae)). Sin embargo, la elevada toxicidad de los preparados arsenicales, cuyos residuos alcanzaban, a veces, niveles intolerables en los vinos, hizo que se reservaran para la primera generación, utilizándose las soluciones jabonosas de nicotina y pelitre en las generaciones estivales (GONZÁLEZ DE ANDRÉS, 1935; GARCÍA LÓPEZ, 1929), todo regulado por una primaria normativa legal en la mayor parte de los países vitícolas (BOVEY, 1966).

            Pero es a raíz de la II Guerra Mundial, cuando tiene lugar un enorme desarrollo de la industria química, lo que genera la aparición de los primeros insecticidas orgánicos de síntesis. En 1939 se reconocen las propiedades insecticidas del DDT y de otros organoclorados y un año más tarde aparecen, casi simultáneamente, los primeros organofosforados en Alemania y los primeros carbamatos en Suiza. A partir de aquí, su empleo se generalizaría de tal forma, que tan solo 6-7 años después (1946) se pone de manifiesto la primera resistencia en la mosca doméstica. Las siguientes décadas se caracterizan por una exagerada profusión de materias activas utilizables contra las polillas del racimo. En un contexto más amplio que en lo que a la protección de cultivos se refiere, el desarrollo generalizado de resistencias, la destrucción de los enemigos naturales, los residuos de pesticidas y en fin, una creciente concienciación en materia medioambiental, espoleada en 1962 por R. Carson en Silent Spring, son el marco en que en las décadas sucesivas empiezan a tomar forma las bases del control razonado e integrado de plagas. Esto promueve la investigación de nuevas materias activas con un modo de acción diferente (no neurotóxicos ni inhibidores de la respiración). Señalar los reguladores del crecimiento de insectos (RCI) entre los que se encuentran los miméticos e inhibidores de la hormona juvenil (juvenoides y precozenos); los inhibidores del crecimiento de insectos (ICI) entre los que cabe señalar los inhibidores de la síntesis de quitina y los ecdysoides; y los insecticidas biológicos preparados a base de microorganismos o de sus toxinas. 

            En cualquier caso, el empleo de insecticidas es imprescindible actualmente y sigue estando a la cabeza de la fitoterapéutica por su efectividad y bajo coste. Las formulaciones disponibles hoy para el control químico de L. botrana son muy numerosas y se engloban en varias familias químicas. Se indican como recomendadas: acefato, bifentrín, carbaril, clorpirifos, diazinón, etil-azinfos, etrimfos, fenitrotión, fosalone, malatión, metidatión, metil-azinfos, metil-paratión (Sólo en parral para uva de mesa), quinalfos, tetraclorvinfos, tiodicarb y triclorfón. A esta lista hay que añadir los insecticidas biológicos o fisiológicos ya mencionados, entre los que se incluyen las variedades y serotipos a base de B. thuringiensis (insecticida biológico), el fenoxicarb (Insegar®) (RCI), el triflubenzuron (Nomolt®) y el flufenoxuron (Cascade®) (ICI), disponibles en el mercado desde hace algunos años (ver también COSCOLLÁ, 1997).

            Han de tenerse en cuenta, en cuanto a la efectividad del tratamiento, la acción de choque, persistencia, efecto sobre la fauna auxiliar, resistencias y otros efectos secundarios, técnica de aplicación y momento en función de la estrategia de control empleada (preventiva o curativa) y del modo de acción del producto. Respecto al empleo adecuado, todas las normas de seguridad, dosis recomendadas, categoría toxicológica y plazo legal de seguridad. Este último complica, a menudo, la oportunidad de efectuar tratamientos en tercera generación, ya que un tratamiento curativo tardío podría provocar un retraso importante de la vendimia para respetar el plazo exigido.

            La lucha química contra L. botrana normalmente se desarrolla como sigue. En primera generación el control es, a menudo, innecesario. Sin embargo en los viñedos en los que las poblaciones son siempre muy elevadas, puede efectuarse un tratamiento preventivo de mayo a inicios de junio. Los tratamientos curativos son también posibles si la decisión de intervenir se toma más tarde y si el seguimiento de la población indica su necesidad. En segunda generación, la lucha es fundamentalmente preventiva, tratando antes de que las larvas penetren las bayas. La lucha curativa es también posible con productos penetrantes, aunque a menudo menos eficaz, al estar las larvas protegidas en el interior de los racimos.

            Cuando fijando umbrales de daño, estimados por el seguimiento de las poblaciones y/o siguiendo las indicaciones de las Estaciones de Avisos, se abandonan las intervenciones sistemáticas y se eliminan los tratamientos químicos innecesarios, se consigue lo que se ha dado en denominar lucha química razonada, un primer paso hacia la consecución del Control Integrado que se abordará más adelante.

            

Control Biológico

    Se incluyen aquí los métodos de control que se basan en el uso racional y dirigido de los enemigos naturales, empleados hasta la fecha en L. botrana

            El empleo de B. thuringiensis es, en la actualidad, el único método de control satisfactorio de que se dispone. Los primeros ensayos de aplicación, tanto en condiciones de laboratorio como de campo, demostraron ya la efectividad de la bacteria y/o de sus toxinas (ROEHRICH, 1964, 1967a, 1968, 1970a). Esta podía incrementarse por la adición a los preparados de azúcar al 1%, que actuaría como fagoestimulante y aumentando la persistencia, al reducir el lavado del producto (SCHMID et al., 1977; ROEHRICH y SCHMID, 1979). Con las formulaciones actuales la efectividad obtenida oscila entre el 75 y el 90%, e incluso a veces superior. Bajo condiciones meteorológicas favorables, resulta tan efectiva como los insecticidas convencionales (cf. ROEHRICH y BOLLER, 1991). 

            El control mediante virus no ha sido objeto de investigaciones sistemáticas, por lo que su interés aplicado permanece oscuro. En ensayos de aplicación en condiciones de campo en la ex Unión Soviética, de un virus de la granulosis, Baculovirus orana, se han obtenido, sin embargo, buenos resultados, con una eficacia del 60-100% (CHKHUBIANISHILI y MALANIYA, 1986).

            La producción y liberación de Hymenoptera parásitos de huevos (Trichogramma sp.), ha alcanzado el nivel de experimentación en campo en varios países. Las especies con un mayor interés aplicado a L. botrana y objeto actual de estudio, son T. evanescens West., T. cacoeciae Marchal y T. daumalae Dug. y Voel. (BABI, 1990; ROSSI, 1993). Otra especie, Trichogramma (= Oophthora) semblidis Auriv. ha sido citada desde antaño como parásito natural de L. botrana (FEYTAUD, 1913), pero de manera poco específica. 

            Sin embargo, el método tardará previsiblemente en poder aplicarse, porque quedan por perfeccionar y resolver determinadas cuestiones como, rentabilizar la cría en masa, el control de la diapausa, el mantenimiento del parásito a niveles adecuados en el cultivo, la perfecta coincidencia temporal hospedador-parásito y la optimización de los sistemas de liberación en el viñedo, entre otras. 

            El empleo del himenóptero parásito de crisálidas Dibrachys affinis Masi también está siendo objeto de investigaciones, con el mismo objetivo aplicado al control biológico de L. botrana (ROSSI, 1993; BABI et al., 1992), pero las limitaciones técnicas son extensivas a esta especie. 

 

Control Autocida

    El método preconizado por KNIPLING (1955, 1959), para el control de especies con reproducción sexual, aportó una línea novedosa en la protección contra plagas. Se basa, no en incrementar la tasa de mortalidad de la plaga (vgr. insecticidas), sino en reducir la tasa de natalidad, limitando así las explosiones poblacionales del insecto derivadas de su elevado potencial biótico. 

            Para ello se liberan en el agrosistema a controlar (o producen in situ) individuos estériles y/o portadores de genes letales o subletales, producidos mediante su exposición previa a agentes mutagénicos (rayos gamma y quimioesterilizantes) o genéticamente, mediante cruzamientos interespecíficos. De esta manera, si una cierta proporción de los miembros de la población presenta esterilidad, la capacidad reproductora de la misma declinará, y si la relación entre individuos estériles y fértiles alcanza un determinado valor, la reproducción cesará completamente en un plazo calculable matemáticamente. Es importante señalar que sólo la relación entre los individuos estériles y fértiles en la población, y no sus efectivos actuales, determinará la evolución cuantitativa de la misma. 

            Condiciones limitantes para la efectividad del método autocida son, 1) la competitividad de los individuos estériles, al menos en un grado igual a los fértiles, 2) la inmigración, 3) que tras el acoplamiento la hembra pierda la receptividad y ovoposite normalmente En este sentido, tanto la poliginia como la poliandria son factores modificadores de la eficacia.

            El método autocida se ha desarrollado especialmente, con una eficacia comparable a la del control químico, en Cydia pomonella L. En otras especies de Tortricidae, los resultados no han sido los esperados (Adoxophyes orana F.R., Choristoneura fumiferana Clem.), o no han sido comprobados en condiciones de campo (Zeiraphera diniana Guen., Grapholita molesta Busck), (BUTT, 1991). La aplicación a Eupoecilia ambiguella también ha sido ensayada, pero no se ha desarrollado posteriormente (cf. ROEHRICH y BOLLER, 1991). 

            No tenemos constancia de ninguna experiencia relativa a L. botrana.

 

Control Biotécnico

       Aquí se engloban las técnicas que se basan en la utilización de semioquímicos o mediadores químicos en general y de feromonas en particular, para el control directo de plagas (su empleo con fines de seguimiento o prognosis (monitoring) se aborda más adelante). La existencia de las feromonas ya fue presagiada a principios de siglo por FABRE (1904), a raíz de sus experiencias con Saturnia pyri Schiff., hablando de un olor emitido por la hembra que atraía a numerosos machos. La etimología de feromona, según KARLSON y LÜSCHER (1959) se deriva del griego pherein (transportar) y horman (excitar) y son definidas por los mismos autores como sustancias emitidas por un organismo, a menudo mediante una glándula especializada, y que recibidas por un individuo de la misma especie, provocan una reacción específica, un comportamiento particular o un proceso evolutivo. Intervienen en la comunicación a nivel intraespecífico, en oposición a los aleloquímicos, que lo hacen a nivel interespecífico. Estos últimos se dividen usualmente desde un punto de vista ecológico, en alomonas y kairomonas, según provoquen una ventaja en el organismo emisor o receptor de la señal. Según el comportamiento inducido, las feromonas pueden clasificarse en de agregación, de alarma, de dispersión, de marcaje y sexuales

            Son las feromonas sexuales las más profundamente estudiadas y las más interesantes desde el punto de vista aplicado a L. botrana. Pueden ser producidas por los dos sexos, pero en L. botrana sólo se han descrito en la hembra, aunque existen evidencias que señalan su existencia en el macho. Posibilitan la orientación a larga distancia del macho y la localización de la hembra, el cortejo (muy rudimentario en L. botrana) y el acoplamiento. 

            FEYTAUD (1916, 1917) observó ya, que las capturas de machos de L. botrana en las trampas alimentarias en que había hembras vírgenes eran más numerosas y GÖTZ (1939) ya planteaba la importancia del trampeo sexual, empleando hembras, en el seguimiento de las poblaciones. No fue hasta 1973, en que la molécula cis 7 trans 9 acetoxi-1-dodecadieno (= E7 Z9 dodecadienil acetato o abreviado E7 Z9 DDA) se describió por primera vez como el componente atractivo principal para los machos, mediante electroantenografía (ROELOFS et al., 1973) y seguidamente identificada en la glándula de la hembra (BUSER et al., 1974) y sintetizada (DESCOINS et al., 1974). Más tarde se comprobó la existencia de hasta 15 compuestos en la feromona (ARN et al, 1988), de los cuales el Z9 DDA y el E7 Z9 DDol mejoraban significativamente la respuesta de los machos en túnel de vuelo. aunque en ensayos de trampeo en campo, la sinergia no fue tan pronunciada (ARN et al., 1988). Otros compuestos de síntesis de naturaleza similar, denominados paraferomonas (sensu PAYNE et al., 1973), han sido descritos más recientemente como miméticos (Z9 dodecen-7-inil acetato, BRUCKNER et al., 1988) o sinérgicos (metil (Z) -8-(1-ciclopentenil)-7-octenoato, UJVARY et al., 1988) de la feromona natural de L. botrana. Entre las utilidades de las feromonas sexuales en la protección biotécnica de cultivos, cabe diferenciar su empleo con fines de trampeo de masa y de confusión sexual:

 

Trampeo de masa. El objetivo del método es la concentración de la plaga, mediante el empleo de feromonas, en ciertos emplazamientos donde los insectos son eliminados directamente, mediante insecticidas o capturados en trampas de diferentes diseños. Es especialmente indicado para el control de especies muy dispersas, contra las cuales el control químico es inaplicable. En lo que se refiere a L. botrana recientemente ha sido aplicado en la ex Unión Soviética (PARKHOMENKO y KURBANOVA, 1986) con resultados insuficientes respecto al control insecticida clásico. Una razón que explica la falta de efectividad, es la imposibilidad de disponer una alta densidad de trampas en la superficie a proteger, dado su coste unitario. Asimismo, el gran potencial reproductivo de los machos contribuye a explicar la falta de eficacia del método en L. botrana (TORRES-VILA et al., 1995).

 

Confusión sexual. El método data de la década de los 60 y fue preconizado por GASTON et al. (1967), por su potencial interés aplicado al control de plagas, derivado del mayor conocimiento y capacidad de síntesis de las feromonas de insectos. 

            La confusión sexual puede definirse como la perturbación de la atracción sexual de los machos hacia las hembras, provocada por la impregnación del aire de forma homogénea con la feromona específica, difundida a partir de numerosos puntos en el cultivo. La consecuencia es una reducción de la tasa de acoplamientos en la población, que se traduce en generaciones sucesivas, y con un efecto acumulativo, en una fuerte disminución de los efectivos, que permite mantener los daños por debajo de un umbral económicamente aceptable. Ha sido calificado de hiperpreventivo, al actuar no sólo antes de la producción del año, sino incluso antes de su génesis misma. Presenta las ventajas de su inocuidad respecto a la fauna auxiliar, dada su alta especificidad de acción y la eliminación de los residuos de insecticidas. Como contrapartida, requiere que se restablezca un equilibrio ecológico adecuado, para que la fauna auxiliar controle a las plagas secundarias, y el empleo de insecticidas pueda ser suprimido. 

            La puesta a punto del método de confusión sexual con L. botrana se inició prácticamente tras la síntesis de la feromona y su producción en cantidad suficiente. Las primeras experiencias en laboratorio (ROEHRICH y CARLES, 1977), y en campo (ROEHRICH et al., 1977, 1979; ROEHRICH y CARLES, 1980, 1982), aunque en ocasiones proporcionaron resultados heterogéneos, establecieron los puntos básicos a mejorar para conseguir incrementar la efectividad, fundamentalmente en lo relativo al efecto del diseño, densidad y dosificación de los difusores, zonas de borde, movimiento de adultos, niveles poblacionales a controlar y superficie mínima a proteger. La mejoras técnicas y conocimientos acumulados en los siguientes años, junto con una mejor comprensión del comportamiento reproductor del insecto SCHMITZ (1992), han posibilitado que la efectividad actual sea satisfactoria y al menos análoga a la conseguida con la lucha química (STOCKEL et al., 1992, 1994), observándose además tras un período prolongado de aplicación en campo, su efecto acumulado en el tiempo (pero ver TORRES-VILA et al., 1997a). Las experiencias previas efectuadas en Europa, incluyendo a España, en la que ya ha pasado por una importante fase de experimentación preliminar en varias regiones (cf. VARIOS AUTORES, 1991), ha posibilitado que el método de confusión sexual aplicado a L. botrana se encuentre en fase de homologación. 

            Es preciso indicar sin embargo, que actualmente existen importantes limitaciones a superar para la generalización de la confusión sexual. Éstas son tanto de orden económico, restringiendo su empleo sólo a las regiones cuyas producciones posean un alto valor añadido (NEUMMAN, com. per.), como operativo, ya que la aplicación exitosa del método requiere una organización colectiva, que posibilite el control simultáneo de grandes superficies y una cierta cualificación de los viticultores.

 

Control Integrado

    La definición de Control Integrado o Manejo Integrado de Plagas (MIP) es tan compleja como su concepto. La FAO lo define (in litt.) como un sistema de manejo de plagas que, en el contexto del ambiente asociado y de las dinámicas de población de las especies plaga, utiliza todas las técnicas y métodos adecuados de una manera lo más compatible posible, y mantiene las poblaciones de la plaga a niveles inferiores de los que producen pérdidas económicas. 

            Más amplia es la definición de FLINT y van den BOSCH (1981), (in litt.): el Manejo Integrado de Plagas (MIP) es una estrategia de control con base ecológica que se fundamenta en los factores naturales de mortalidad, tales como los enemigos naturales y la meteorología, y que busca tácticas de control que perturben lo menos posible estos factores. El MIP emplea plaguicidas, pero solamente cuando el seguimiento sistemático de las poblaciones de plagas y los factores naturales de control indican su necesidad. Lo idóneo sería que un programa de MIP considerara todas las acciones de control de plagas disponibles, incluyendo la no acción, y evaluara la interacción potencial entre varias tácticas de control, prácticas culturales, meteorología, otras plagas y el cultivo a proteger.

            De ambas definiciones surge tanto la necesidad de fijar niveles económicos de daño, como la del seguimiento y prognosis de las poblaciones, para determinar los períodos de riesgo y los momentos de intervención más adecuados.

 

Métodos de seguimiento (prógnosis)

          A continuación se indican los métodos utilizables en el seguimiento de las poblaciones de L. botrana, indispensables en la optimización de las intervenciones químicas en el tiempo y en la consecución de una estrategia de lucha razonada o un plan de control integrado. Se clasifican en dos grupos, el muestreo y recuento de la plaga (o sus daños) y la modelización.

Muestreos. Se trata de estimar y cuantificar directamente, mediante recuentos y conteos, la evolución en el tiempo de la plaga con el fin de conocer los períodos de riesgo, e intervenir, si los umbrales de daño se sobrepasan. La estimación de la población pueden ser absoluta, refiriendo los efectivos a una unidad de hábitat, o relativa utilizando índices que sólo permiten estimas comparativas (SOUTHWOOD, 1966).

Estimas absolutas. Se incluyen aquí los recuentos de huevos y larvas o sus daños (glomérulos y/o penetraciones), referidos al número de inflorescencias o racimos muestreados. En su defecto puede estimarse el porcentaje de órganos atacados, ya que hasta el 60% de racimos atacados la correlación entre ambas estimas es muy estrecha (ROEHRICH y SCHMID, 1979). Los conteos de huevos, además de tediosos y onerosos, son en general muy aleatorios y dependen mucho de la experiencia particular del operario. Su finalidad cuantitativa es baja, sobre todo en los controles visuales, sin tomar muestras de los racimos para su examen con un dispositivo de aumento en laboratorio; por ello sólo parecen adecuados para los controles cualitativos (presencia-ausencia).

            En ocasiones se ha empleado la técnica de trampeo de orugas en bandas de papel ondulado (ROEHRICH y SCHMID, 1979). Las bandas se enrollan en el tronco o brazos de las cepas y las orugas crisalidan en su interior. El método sin embargo sólo es utilizable en tercera generación dado el comportamiento de crisalidación de las orugas no diapausantes y su fiabilidad es dudosa.

            Para la toma de muestras, se han puesto a punto diversos protocolos estandarizados de muestreo (aleatorio simple, estratificado, secuencial, sistemático y otros), cuyas metodologías son variables, pero el objetivo último coincide: obtener una información aceptable del estado de la población con un coste mínimo.

Estimas relativas. En este grupo tienen cabida en particular las técnicas de muestreo que permiten cuantificar la población en su estado adulto. GONZÁLEZ DE ANDRÉS (1935) ya proponía mover al atardecer el follaje del viñedo durante varios días y observar la abundancia de polillas, estableciendo la fecha más adecuada para tratar. Un sistema a menudo empleado consiste en observar el desarrollo de L. botrana en insectarios emplazados en condiciones naturales, lo que permite estimar el desarrollo de la población salvaje, los períodos de puesta, y en particular las primeras emergencias primaverales, completando los datos suministrados por otros métodos (TOUZEAU, 1969). 

            Se incluyen también las trampas luminosas, alimenticias y sexuales. No nos referiremos aquí a las primeras, dado que su falta absoluta de especificidad desaconsejó su uso desde tiempo atrás (TOUZEAU, 1969), cuando otros métodos más operativos (vgr. trampeo alimenticio y sexual) estuvieron disponibles.

Trampas alimenticias. Constituidas por recipientes de barro o vidrio de 0,5 l de capacidad aproximadamente, protegidos de la lluvia por una cubierta elevada 2-3 cm sobre los bordes. Éstas son cebadas por un líquido fermentable como jugo de frutas, melazas u otros ricos en azúcar, diluidos en agua. El azúcar fermenta con el calor y los aromas desprendidos atraen a los adultos que caen al líquido y no pueden reiniciar el vuelo. El conteo periódico de las capturas permite estimar la curva de vuelo. 

            Cuando su empleo era necesario por no estar disponible el trampeo sexual, se constataban ya algunos problemas, que redundaban en una mala estimación de las poblaciones de la polilla. Entre ellos mencionar, la irregular eficacia de trampeo, ya que la fermentación del cebo y su atractividad son función de la temperatura. En particular durante el primer vuelo, las bajas temperaturas primaverales provocan una fermentación moderada y heterogénea, que a menudo no permite precisar con exactitud el pico del vuelo. Esto se intentaba paliar buscando cebos que fuesen más atrayentes y modificando su dilución según la época del año (ROUSSEL y VONDERHEYDEN, 1964). El mantenimiento de las trampas es, además, poco agradable, porque es preciso rellenarlas asiduamente, para compensar la evaporación del cebo y hay que quitar cuidadosamente las espuma producida en la superficie por fermentaciones intensas, para poder contar los adultos. Un problema añadido es que al no ser tampoco un método selectivo, es preciso saber diferenciar los adultos de L. botrana de otras especies. A pesar de todo, el trampeo alimenticio ha sido un importante auxiliar en el seguimiento poblacional de L. botrana, y aún es utilizado en la actualidad.

Trampas sexuales. Su empleo ya fue preconizado por GÖTZ (1939). Años más tarde sus observaciones fueron retomadas por CHABOUSSOU y CARLES (1962) que utilizando hembras vírgenes, diseñan la primeras trampas y efectúan las primeras observaciones sobre los factores que regulan la efectividad de las capturas. Rápidamente el empleo de hembras para el trampeo se generaliza, y se intentan poner a punto métodos de cría de L. botrana en laboratorio, que permitan la producción del insecto en cantidad suficiente y económica para suministrar a la red de trampas de captura. Se buscan substratos alimenticios alternativos a los racimos, que después de ser cortados no aguantaban lo suficiente y tenían que ser reemplazados en el transcurso del desarrollo larvario, además de no estar disponibles en todas las épocas del año. ROEHRICH (1967b), prueba la cría sobre hojas (de distintas variedades de vid y de otras especies) y sobre manzanas. Las hojas posibilitan una buena instalación de las larvas neonatas y las manzanas permiten completar exitosamente el ciclo sin tener que ser cambiadas. Finalmente se adopta una cría sobre manzanas infectadas con B. cinerea (para inhibir el desarrollo de otros hongos) y hojas de lechuga (MAISON y PARGADE, 1967), y se optimiza el método de cría (TOUZEAU y VONDERHEYDEN, 1968). 

            Poco después, tras las primeras tentativas (MOREAU, 1965), la puesta a punto y perfeccionamiento de medios artificiales gelificados para la cría masiva de L. botrana supone un notable avance (GUENNELON et al., 1970, 1975; TZANAKAKIS y SAVOPOULOU, 1973). En estos años, el empleo de hembras en las trampas se generaliza y extiende (TOUZEAU, 1969; GUENNELON y D'ARCIER, 1972), estudiándose paralelamente los factores fisiológicos que influyen en la atractividad de las hembras destinadas al trampeo (ROEHRICH, 1970b).

            Pero es a partir de la síntesis química y producción en cantidad suficiente de la feromona de L. botrana (DESCOINS et al., 1974), cuando el trampeo sexual alcanza su auge. La efectividad atractiva de los compuestos de síntesis se corrobora en campo (ROEHRICH et al., 1976), investigándose el efecto de la pureza isomérica y la estabilidad química en el tiempo. Aunque se constatan respuestas heterogéneas (ROEHRICH, 1977), las hembras son rápidamente sustituidas en las trampas por difusores cargados de feromona, lo que aporta sustanciales ventajas en el seguimiento de las poblaciones (TOUZEAU, 1979). 

            Después de su empleo generalizado, se constata, sin embargo, que no es factible establecer una relación fiable entre los efectivos capturados y los daños producidos. Se intenta optimizar el método, especialmente en lo que se refiere a la dosis de feromona a emplear en los difusores (ROEHRICH et al., 1983; ROEHRICH y CARLES, 1983; ROEHRICH et al., 1986) pero sólo se consigue mejorar algo la relación empleando dosis reducidas (1-10 µg). Por ello, en la actualidad, sólo es aplicable lo que se ha denominado previsión negativa (ROEHRICH y SCHMID, 1979): únicamente la inexistencia de capturas o captura esporádica de machos en las trampas, permite augurar la ausencia de daños; si por el contrario existen capturas moderadas o abundantes, podrán producirse, o no, daños en la siguiente generación, lo que implica la aplicación de un cierto número de tratamientos innecesarios (STOCKEL, 1990). La falta de correlación entre los adultos trampeados y los daños producidos por la descendencia se deriva de la gran cantidad de factores, de acción y naturaleza variables según la generación y el año, que incidiendo sobre todos los estados de desarrollo de L. botrana van a regular la expresión del potencial biótico del adulto.

            Actualmente, sólo se comercializa como atrayente el componente mayoritario de la feromona de L. botrana (E7 Z9 DDA), de origen sintético, impregnado en una cápsula de poliisopreno, u otro polímero plástico, que actúa de difusor. La cápsula se coloca sobre una placa engomada, y el conjunto se dispone en el interior de un dispositivo de cartón o plástico de diseño variable, que sirve de protección contra la lluvia y el polvo. La trampa así constituida atrae a los machos que quedan adheridos en la placa, en donde son fácilmente contados, lo que permite estimar la curva de vuelo. La especificidad es total, al emplearse la feromona sexual propia de la especie. Con L. botrana no existen problemas de captura de otras especies que puedan confundirse y falsear el cálculo de la curva de vuelo, como ocurre, por ejemplo, con G. molesta (RUBIO et al., 1990). El empleo de las trampas sexuales permite la detección precoz de los machos, antes de la producción de los primeros daños. A pesar de los inconvenientes señalados, el trampeo sexual constituye, en la actualidad, el método que presenta una mejor relación efectividad-coste en el seguimiento de la dinámica poblacional de L. botrana.

Modelización. Consiste en simular la evolución de los diferentes estados de desarrollo del insecto, mediante el empleo de modelos matemáticos, establecidos en base a información de tipo biológico e integrando para su funcionamiento información de tipo climático. Básicamente, la modelización se fundamenta en la estrecha relación que existe entre la velocidad de desarrollo del insecto y la temperatura. Normalmente ésta es de tipo logístico, representable por una sigmoide y cuantificable mediante el cálculo de integrales térmicas. En función de la complejidad del cálculo, los modelos se han clasificado en deterministas (no lineales) y globalistas (lineales), (WORNER, 1992). Los primeros presentan en general una precisión superior, pero en contrapartida suelen ser de aplicación más difícil. Excepto el modelo de GABEL y MOCKO (1984, 1986) calculado en Eslovaquia, que es determinista, el resto de los modelos puestos a punto para L. botrana son globalistas: el de SCHMID en Suiza, el de TOUZEAU (1981) en Francia y los de CAFFARELLI y VITA (1988), BAUMGARTNER y BARONIO (1989), y CRAVEDI y MAZZONI (1990) en Italia. Entre las limitaciones que a veces provocan una inferencia incorrecta de los modelos, se han propuesto como más importantes: 

1) la simplificación de los modelos lineales provoca un mal funcionamiento con temperaturas extremas o en años climáticamente anormales.

2) la suposición crítica de que los sistemas enzimáticos responden instantáneamente a los cambios de temperatura (cf. ROLTSCH et al., 1990).

3) la disminución de la exactitud en su utilización, al emplear para su funcionamiento registros suministrados por estaciones de la Meteorología Nacional de cada país, al no disponerse de estaciones propias y ubicadas en la superficie a proteger.

4) las elevadas desviaciones que a menudo se producen entre las medidas de temperatura estandarizadas (h = 2m y bajo abrigo) y las microclimáticas en que se desarrolla L. botrana.

5) la extrapolación de un modelo a una zona diferente de la que sirvió de base para su cálculo. Señalar, por último, que la información suministrada sólo permite hacer previsiones cualitativas de la evolución de la plaga, no permitiendo estimar los efectivos de la misma. 

        A pesar de todo, los modelos de previsión constituyen un instrumento complementario al servicio de la protección de cultivos a tener en cuenta.

 

 

ÍNDICE
Historia
Sistemática
Descripción
Ciclo biológico y comportamiento
Factores reguladores de la dinámica de poblaciones
Importancia económica y daños
Métodos de control
Referencias bibliográficas
Créditos

 

 

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